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Foto: Garcilaso Pumar

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Por: José Carvajal



Caminar por Caracas no es un acto suicida.


Tajada 2 - Caminar

Caminar Caminar por Caracas no es un acto suicida. Basta con preguntarle a los cientos de miles que recorren la ciudad día a día –sobre todo en esas zonas de intenso flujo que tanto deslumbran a los suicidas vocacionales– si moverse por la ciudad es un acto contra su propia vida, o si, por el contrario, no es su vida misma. Van y compran un blue jean, un disco quemado, se asoman en una vidriera, se sientan en uno de los poquísimos bancos que quedan vivos del bulevar de Sabana Grande, suben y bajan por la ciudad…

Caracas no tiene zonas ocultas, escondidas. Lo que tiene es lugares que son frecuentados sólo por quienes viven en ellos –o se apropian de ellos–, lugares a los que los otros siempre renuncian. Unos renuncian a caminar por Sabana Grande, por temor a "la máquina", otros renuncian a caminar por el Country Club (claro, a pesar de que es un agradable paseo es muy jodido caminar por donde no hay aceras, sin tener donde tomarse un agua, un café, una cerveza), son pocos los que aceptan caminar bordeando el Guaire por los lados de Bello Monte (ese es un camino para los que les gusta estar al margen), otros no quieren caminar por el Casco Antiguo de Petare, porque para ello tendrían que acercarse demasiado a la Redoma de Petare, otros no caminan por ningún centro que no sea un centro comercial techado y acondicionado.

Caminar Caminar es un acto político. No nos referimos a la marchadera entre bandos, sino al acto de caminar sin más fin que el de encontrarse con la ciudad. Encontrarse con sus posibilidades, para lo cual es inevitable toparse con sus conflictos. La ciudad –disculpen los gozosos suicidas– no es simplemente un espectáculo ni un escenario multiculturalista a la medida de cada narcisimo, sino sobre todo la expresión concentrada aunque difusa de lo que somos como sociedad.

Insistimos en que lo que se oculta no es la ciudad, sino nosotros. La violencia no está expresada en los que lamentablemente se suman a las estadísticas de "la mala suerte" sino en los que se restan de una posibilidad colectiva. Es cierto que cada quien tiene la libertad de eximirse, de no estar allí, de renunciar, pero difícilmente podremos sobrevivir sin convivir. Renunciar a la ciudad es renunciar a lo público por excelencia. Hemos ido renunciando a las escuelas públicas, a los hospitales públicos, al transporte público, a la seguridad pública… y a la calle, apoteosis de lo público. Nadie nos arrebató la calle, nadie nos arrebató lo público: la verdad es que la abandonamos, decidimos no pelear por lo que es de todos.

Caminar En esta época de gestos radicales habría que abandonar un rato los rincones "seguros", andar más tiempo en las calles, sudar con los del transporte público, comer y beber en otras esquinas. Nadie más que nosotros hará caminables los caminos. Por más iluminada y "legible" –palabrita en exceso arquitecturizada– que hagan a la ciudad los administradores de turno, lo importante está en nuestro gesto de apertura, en la expresión del deseo real de pertenecer a la ciudad.

¿Suicidas porque salimos a una calle en la que nadie nos da garantías de sobrevivencia?... a los animales públicos nadie puede garantizarles nada, ellos construyen día a día lo social a partir de la nada.

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Fruto de uno de los trabajos editoriales más destacados en lo últimos años, el semanario EnCaracas se propuso tender puentes entre esos fragmentos que nos atrevemos a llamar Caracas, a llamar hogar. Semana a semana, EnCaracas buscó dilucidar nuevas alternativas para la convivencia, para sortear el caos y crear ciudadanía entre los habitantes de ésta, nuestra infinita urbe-rompecabezas. De actualización mensual, en cada una de sus entregas explora un tópico distinto del día y la noche aquí, en la ciudad imposible donde todo puede pasar. Bien pepeado, mi caballo.

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